La pantalla iluminada del teléfono de Ji-hoon explotó con una violencia digital que lo obligó a entrecerrar los ojos. La realidad lo golpeó de frente: treinta y siete llamadas perdidas de "Mánager K-Entertainment", cientos de mensajes de sus compañeros de grupo, llamadas perdidas de sus padres...
Aún envolviendo el cuerpo de Valeria entre sus brazos, Ji-hoon tomó el dispositivo con ambas manos. Lo primero que hizo, con el corazón en la garganta, fue devolverle la llamada a su familia para no alarmarlos.
—Estoy bien, de verdad. No se preocupen, por favor —susurró en coreano, colgando de inmediato.
Su pulso se aceleró con una mezcla de pánico profesional y una extraña indiferencia. Justo en ese instante, sintió un cambio sutil en la respiración de la mujer a su lado. Valeria había despertado.
Al abrir los ojos, lo primero que ella encontró fue una pantalla brillante flotando frente a su rostro. Pudo leer a la perfección los mensajes que desfilaban a toda velocidad mientras Ji-hoon intentaba bloquear el aparato. Cientos de notificaciones de redes sociales y alertas de prensa se acumulaban en el menú. Sus ojos verdes se abrieron por completo.
El silencio en la suite se volvió denso, casi tangible. Valeria se incorporó, estupefacta ante el caos digital.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella, con la voz quebrada por un susurro que cargaba el peso de la revelación—. ¿Por qué te buscan tanto? ¿Quién es ese "Mánager"? ¿A qué te dedicas exactamente, Ji-hoon?... ¿Acaso eres menor de edad?
Ji-hoon la miró y una sonrisa lenta, un tanto amarga pero increíblemente atractiva, se dibujó en sus labios. El misterio se había terminado.
—Ji-hoon Park —se presentó con su nombre completo, y el apellido sonó como una sentencia confesada—. Soy... bueno, aparentemente soy uno de los "activos más valiosos de K-Entertainment". Ese mánager es la persona que controla cada segundo de mi vida. Ayer no regresé a dormir, así que probablemente esté teniendo un infarto mediático en este momento. Y no, princesa, no soy menor de edad, así que puedes estar tranquila. Tengo veinticinco años.
Valeria tragó saliva, procesando las palabras.
—Un activo... Eres un
Idol de K-Pop —dedujo, uniendo las piezas en su mente ejecutiva.
—Para el mundo, sí —admitió él, acercándose a ella—. Pero para ti... simplemente quiero ser el hombre que te contuvo en la oscuridad, Valeria. Solo un hombre. Aunque la realidad es que no puedo salir a la calle sin una máscara, ni puedo tocar a una mujer sin que se convierta en un escándalo nacional.
Ji-hoon se levantó de la cama con una fluidez felina que evidenció su desnudez completa. Su torso atlético y perfectamente definido quedó iluminado por el sol matutino. Los mismos músculos que ella había explorado con devoción durante la noche ahora estaban expuestos en toda su vulnerabilidad.
Valeria permaneció sentada en medio del colchón. Recogió las sábanas de seda color ébano contra su pecho desnudo, adoptando una armadura improvisada. Su mente de CEO multimillonaria comenzó a procesar a velocidad vertiginosa las implicaciones, los riesgos y la imposibilidad lógica de lo que había ocurrido entre ellos. Con una lentitud deliberada, extendió la mano y tomó el teléfono de él, sosteniéndolo como si fuera una prueba incriminatoria.
Sus ojos se encontraron. Los de ella reflejaban confusión; los de él suplicaban un silencio cómplice. Valeria enderezó la espalda, adoptando automáticamente la postura de alta ejecutiva que había conquistado salas de juntas en tres continentes. Sin embargo, el latido desbocado de su corazón desmentía cualquier apariencia de control absoluto.
—Creo que tenemos un problema... —declaró ella con firmeza—. Tú no estabas en mis planes, Ji-hoon.
—Ni tú en los míos, Valeria —respondió él, sentándose en el borde de la cama, acortando la distancia—. Pero dime, ¿cuál es el gran problema que encontraste? ¿Te asusta mi fama?
—El problema —lo interrumpió ella, clavándole una mirada intensa— es que a mí también me persiguen los paparazzis y los medios de comunicación por mi estatus. Así que no puedo ser un refugio de calma para ti.
Ji-hoon la miró con genuino misterio, ladeando la cabeza.
—¿Cómo? ¿Por qué te seguirían a ti?
—Porque soy Valeria Vega —respondió, alzando la barbilla—. Tengo veintitrés años y soy la CEO fundadora de Corporación Vega. Cuando generas una posición de poder en cualquier industria, te vuelves el tema de conversación de todos. Mi familia es sumamente minuciosa con la privacidad y no hemos dado nada de qué hablar. Pero los paparazzis me siguen a sol y a sombra, imaginando que tengo algún novio escondido por ahí para vender un chisme.
Ji-hoon soltó una pequeña risa, notablemente impresionado.
—Vaya... Así que vives una vida casi igual a la mía, solo que te ahorras a millones de fans gritando tu nombre.
El joven deslizó una mano por su cabello rubio y desordenado, exhalando un suspiro profundo que parecía cargar con años de contención. Bajó la mirada por un instante y, cuando volvió a hablar, su voz emergió desprovista de cualquier artificio.
—
I'm sorry... —comenzó en inglés, usando la lengua de los negocios internacionales para confesar su verdad más íntima—. Este hotel es el único lugar donde puedo respirar, donde soy invisible. Esta noche mi grupo tiene un concierto masivo aquí en Seúl, por eso estamos hospedados en esta planta. Ayer salí un momento al salón del vestíbulo, y al regresar... bueno, me distraje contigo en el ascensor. Por eso el alboroto. No saben nada de mí desde ayer.
—Entonces respóndeles —sugirió Valeria con practicidad corporativa—. Ve a tu habitación y arregla este caos.
—No me quiero ir —confesó él, mirándola a los labios—. No todavía.
—Ji-hoon, tienes un contrato y una carrera.
—Mi agencia controla absolutamente todo —explicó él, y sus hombros desnudos se curvaron ligeramente bajo el peso de su realidad—. Lo que como, lo que digo, a quién toco. Las relaciones amorosas están estrictamente prohibidas en mi contrato. El contacto físico con cualquier persona ajena a la empresa es una falta grave que podría destruir mi carrera y el futuro de mi grupo.
Valeria lo observó en silencio. Su mente analítica disparó alarmas con la frialdad de un software de seguridad: riesgo de exposición mediática, daño potencial a la reputación de Vega International, complicaciones de relaciones públicas. Era una locura.
Sin embargo, al mirar esos ojos oscuros y almendrados que brillaban con una vulnerabilidad tan pura, el entrenamiento de Harvard de Valeria se desmoronó. Algo más antiguo e indomable, heredado de su sangre latina, se encendió en su interior.
Se deslizó hacia el borde de la cama, dejando que la seda rozara sus muslos. Extendió su mano y tomó la mandíbula esculpida de Ji-hoon con una ternura que los sorprendió a ambos.
—Para mí —sentenció Valeria, con una firmeza que no admitía discusiones—, tú no eres un
idol. Eres el hombre que me sostuvo cuando el mundo se volvió negro. Tu secreto está completamente a salvo conmigo, Ji-hoon. Te lo juro.