FUEGO LIQUIDO

—Permítame —dijo finalmente Ji-hoon. Su voz sonó diferente ahora: más grave, más adulta, despojada de cualquier artificio.

Extendió su brazo izquierdo con una firmeza que no admitía rechazo. Su antebrazo musculoso se ofreció como un ancla en medio de la tormenta que aún azotaba el cuerpo de la ejecutiva. Cuando Valeria colocó su mano temblorosa en el pliegue de su codo, los dedos de Ji-hoon se cerraron sobre los suyos con una posesión silenciosa.

El brillo que encendió la mirada del joven —oscuro, hambriento, absolutamente desvergonzado— le confirmó a Valeria una sospecha: aquel caballero de manos cálidas y gestos protectores llevaba dentro de sí a un depredador que acababa de despertar. Y no tenía la menor intención de volver a dormir.

—Mi suite está al final del pasillo —murmuró Valeria. Su voz salió más ronca de lo que pretendía, despojada de su habitual autoridad corporativa. Era la voz de una mujer que acababa de descubrir que la oscuridad podía ser el mejor aliado del deseo—. No... no es necesario que me acompañe hasta la puerta.

—Yo digo que sí es necesario —interrumpió él con una sonrisa lenta y peligrosa. Ese gesto transformó su rostro de ángel en algo puramente terrenal y pecaminoso—. Además, bonita, después de lo que ocurrió entre nosotros en la penumbra... lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que llegue a salvo.

—¿Siempre eres así de testarudo? —preguntó ella, intentando sonar severa mientras caminaban.

—Solo cuando encuentro algo que realmente vale la pena cuidar —respondió él, sin apartar la vista de ella.

El pasillo se extendió ante ellos como una pasarela hacia lo inevitable. Cada paso estaba perfectamente sincronizado en un silencio cargado de electricidad estática. Cuando llegaron a la puerta de caoba con el número dorado 3001, Valeria extrajo la tarjeta magnética de su cartera. Sus dedos aún traicionaban su nerviosismo. El clic de la cerradura electrónica resonó en el corredor desierto como una promesa.

Empujó la puerta y la suite presidencial se reveló en toda su opulencia. Los ventanales de piso a techo mostraban el Seúl nocturno, brillando como un mar de estrellas negras. El mobiliario de diseño escandinavo se mezclaba con sutiles toques coreanos, y una imponente barra de mármol negro dividía el espacio abierto entre la cocina y el salón.

Valeria se volvió hacia él, con una mezcla de audacia y vulnerabilidad pintada en sus mejillas sonrojadas.

—Entre —dijo, intentando recuperar una autoridad que no sentía—. Me debe permitir ofrecerle algo después de... de lo que pasamos en el ascensor. Un whisky, quizás, o una copa de vino.

—Acepto el vino —respondió Ji-hoon, cruzando el umbral sin apartar los ojos de ella.

La puerta se cerró tras de sí con un susurro definitivo. La suite los envolvió en una intimidad tan densa que hizo que el encierro del ascensor pareciera un simple ensayo.

Valeria se movió hacia la barra de mármol. Buscó en el minibar una botella de Cabernet Sauvignon de Napa Valley que había pedido especialmente. Mientras vertía el líquido rubí en dos copas de cristal de Bohemia, sus manos temblaron lo suficiente como para que el cristal tintineara, delatando su agitación.

—Valeria Vega —se presentó formalmente, alzando la barbilla en un intento de recuperar su armadura ejecutiva, aunque sus ojos verdes permanecieron demasiado brillantes—. Soy la CEO de Vega Internacional. Estoy aquí por negocios, aunque supongo que eso es obvio por mi ropa. Y usted... ¿quién es exactamente, aparte de mi salvador en la oscuridad?

Ji-hoon se acercó a la barra para tomar la copa que ella le ofrecía. Al hacerlo, sus dedos se deslizaron intencionalmente sobre los de ella. Rozó la piel sensible entre sus nudillos con una lentitud que hizo que Valeria contuviera el aliento. Algo se quebró en la expresión del joven; una máscara cayó, revelando un alivio tan profundo que parecía casi doloroso.

—Ji-hoon —dijo simplemente. El nombre sonó como una liberación en sus labios—. Solo Ji-hoon. Aquí adentro no hay un personaje, ni un producto, ni una imagen en una pantalla. Solo un hombre que, por primera vez en años, está siendo visto por lo que realmente es.

—¿A qué te refieres con un personaje? —preguntó ella, intrigada, dando un pequeño sorbo a su copa.

—A que el mundo exterior suele exigir demasiado —respondió él con misticismo, dejando su copa sobre la barra sin haber probado una sola gota—. Pero esta noche, el mundo exterior no importa.

Con un movimiento descuidado, Ji-hoon se quitó la gorra negra de un tirón. Su cabello, teñido de un rubio perfecto y sensualmente desordenado, quedó expuesto con mechones rebeldes que caían sobre su frente. Sin la barrera del accesorio, su atractivo se multiplicó de forma exponencial. Sus pómulos altos, la línea afilada de su mandíbula y sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa felina.

—Ji-hoon... —repitió Valeria, saboreando el nombre en su lengua.

El sonido pareció encender algo salvaje en el hombre. La distancia entre los dos desapareció en un parpadeo. Con un paso firme, Ji-hoon la arrinconó suave pero inexorablemente contra el mármol frío de la barra. Sus manos se apoyaron firmes a cada lado de las caderas de Valeria, aprisionándola sin tocarla todavía, dejándola atrapada por la sola promesa de su cuerpo.

Valeria tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El movimiento expuso la delicada curva de su cuello, donde su pulso se aceleraba de forma visible.

—Desde que se encendieron las luces en ese maldito cubículo —murmuró él, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo gutural que vibró directo en la boca de Valeria—, no he podido pensar en otra cosa. Solo pienso en cómo se sentía tu cuerpo contra el mío. En cómo temblabas. En cómo te amoldabas a mí.

—Ji-hoon, esto es una locura, apenas nos conocemos... —alcanzó a protestar ella en un hilo de voz, aunque su cuerpo no se movía para escapar.

—Dime que tú también lo sientes —la interrumpió él, ignorando sus palabras secundarias.

Su mano derecha abandonó el mármol para ascender con una lentitud torturante por el costado del torso de Valeria. Se detuvo justo en la curva de su cintura, donde la blusa de seda se unía a la tela ajustada de su falda ejecutiva. Los dedos de Ji-hoon jugaron con ese borde, rozando la piel desnuda de su cadera con una suavidad eléctrica.

—He estado deseándote desde ese instante —confesó él con una crudeza que hizo que Valeria jadeara. Sus mejillas se encendieron, no de vergüenza, sino de pura excitación—. Dime que no soy el único. Dime que quieres que te muestre todo lo que la oscuridad solo insinuó.

Valeria no respondió con palabras; el lenguaje corporativo ya no servía de nada allí. Sus ojos se cerraron en el momento en que él tomó el control absoluto. La mano de Ji-hoon ascendió con firmeza hasta enterrarse en el cabello castaño de ella, inclinando su cabeza hacia atrás con una dominación reverente.

Y entonces, sus bocas se encontraron en un cataclismo.

Ji-hoon la besó como si estuviera reclamando un territorio perdido, con una pasión contenida que explotó en un salvajismo controlado. Su lengua invadió la boca de Valeria con una precisión devastadora, saboreando el rastro del vino y algo mucho más dulce y esencial. Él presionó su cuerpo atlético contra el de ella con tanta fuerza que Valeria pudo sentir cada duro plano de su anatomía, cada evidencia clara de un deseo masculino que pulsaba insistente contra su vientre.

El beso no fue una pregunta; fue una declaración de guerra total contra su cordura. Valeria se rindió en el acto. Sus manos volaron hacia el cabello rubio de él y luego a su cuello, aferrándose a cualquier parte de su piel que pudiera alcanzar mientras el universo giraba y el brillante horizonte de Seúl se volvía completamente irrelevante detrás de sus párpados cerrados.

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