Esta vez, nadie podría salvar a Luisa.
Mientras tanto, en la casa de los Valdés.
Al anochecer, Tomás regresó y encontró a su madre caminando de un lado a otro en la sala, visiblemente alterada. Frunció el ceño y preguntó:
—Mamá, ¿qué haces?
—¿Tomás? ¿Por qué llegaste a esta hora?
—Ya no tengo dinero. Te mandé mensajes y no respondiste, así que vine por más.
Al escuchar que su hijo había vuelto solo a pedirle dinero, el enojo de Luisa estalló:
—¡Dinero, dinero, siempre lo mismo! ¡¿Es que no entie