Al escuchar aquellas palabras, el rostro de Tomás se descompuso por completo.
—¡Mamá! ¿De qué demonios están hablando? ¿Deudas? ¿Nueve millones?
Luisa no quería que su hijo supiera nada de lo que había hecho, pero con los cobradores dentro de la casa ya no podía ocultarlo. Apretó los dientes y dijo:
—¡Hijo, rápido, tráele a mamá el dinero que te había guardado para casarte!
—¡¿Qué estás diciendo, mamá?! ¡Ese es MI dinero! ¡Tú misma dijiste que era para comprarme una casa cuando me casara! ¿Cómo