Dentro del carro.
Sofía apretó los dientes antes de abrir la puerta.
Elías, al verla con esa cara de querer devorar a alguien, habló con calma, como si nada lo perturbara:
—La señorita Valdés sí que es desagradecida. Hace unos días me llamaba maestro, y hoy ya se hace la que no me conoce.
—Señor Casanova, reconozco que su carro es de lujo y muy caro, pero ¿puede dejar de estacionarlo siempre frente a la entrada de la universidad? No da buena impresión.
—¿Y qué tiene de malo?
—Afecta mucho mi rep