El jefe de la policía hablaba sin aliento, todavía jadeando por la subida.
Al verlo, los agentes se quedaron pasmados:
—¿Je… jefe?
—¡Te estoy hablando a ti! ¡Suéltala ahora mismo!
—Vaya, jefe, qué bien educados tiene a sus subordinados… Yo llamo al 911 y resulta que me quieren arrestar. Es hasta gracioso —dijo Sofía, aunque en su rostro no había ni rastro de risa.
Al notar su enfado, el jefe se limpió el sudor de la frente con gesto nervioso:
—Sí, sí, tiene toda la razón. Fue mi error no haber e