—Yo fui la que llamó al 911 —dijo Sofía.
El agente arqueó las cejas, sorprendido:
—¿Tú llamaste? ¿Acaso quieres que te detengamos a ti misma?
—Esta mujer me difamó, me acusó de prostitución, entró a mi vivienda y revolvió mis pertenencias. Además, pretende echarme cuando tenemos un contrato firmado. Llamé a la policía solo para defender mis derechos —respondió Sofía, con cada palabra clara y firme.
La casera bufó con desprecio:
—Ella renta mi casa. ¿Cómo voy a permitir que la convierta en un burdel? La estoy sacando por lo sano. Oficiales, díganme si tengo razón o no.
Las palabras de la casera parecieron sembrar dudas en los agentes.
No había nada que les fastidiara más que estos pleitos vecinales.
Con necios no valen argumentos.
—¿Es cierto que ejerces la prostitución? —preguntó uno de ellos, mirándola de reojo.
—No.
—¡Miente! Yo misma la vi hoy con varios hombres. No fui la única; todo el vecindario lo notó. Llegaban carros de lujo uno tras otro. En la tarde se fue con dos hombres, e