El rostro de Lola mostraba incomodidad.
Engañar a sus compañeros de clase era fácil, pero a Mateo Ruiz no.
Si él se atrevía a llevar lo que había escuchado hasta los oídos de la familia Rivera, ella estaría perdida.
—Empiecen la clase.
El tono de Mateo fue neutro, pero su mirada se posó directamente en Lola.
Un escalofrío le recorrió la espalda; sentía como si alguien le hubiera atrapado la garganta. Apenas podía respirar.
Durante toda la lección no escuchó nada.
Cuando sonó la campana, se levan