Ya era medianoche y la luz del despacho seguía encendida.
Leonardo, incapaz de dormir, salió de su habitación y notó el resplandor bajo la puerta. Tocó un par de veces y luego la abrió.
En el interior, Elías estaba recostado en el sofá, con el piso cubierto de hojas dispersas. Sostenía una de ellas en la mano y, de vez en cuando, sonreía.
—Qué raro, ¿y tú por qué duermes aquí? —preguntó Leonardo mientras entraba. Preparó dos vasos de whisky, le dio uno a Elías y se quedó con el otro.
Elías apena