Al notar la mirada de Mateo, las muchachas callaron de golpe.
Cuando él ya estaba por darse la vuelta para marcharse, Mariana se levantó de pronto.
—Señor Ruiz, quisiera hablar con usted a solas.
Quería mostrarse ante sus compañeros como alguien que intercedía por su amiga; sin embargo, antes de que pudiera terminar, Mateo respondió con frialdad:
—Ah, cierto. Señorita García, olvídese de lo del intercambio. La plaza se asignó a otra persona. Aunque, con sus contactos y el respaldo de su familia,