Tan solo de pensarlo, a Luisa le dolía el alma.
Pero a Sofía poco le importaba si su tía perdía o ganaba. Es más, ese día salió manejando precisamente el auto deportivo rojo que Luisa le había entregado la noche anterior. Mientras observaba con deleite su carro nuevo, comentó con una sonrisa satisfecha:
—Este coche está espectacular. Me fascina. Gracias, tía.
Acto seguido, subió al asiento del conductor con total naturalidad.
Luisa casi se desmayó ahí mismo por segunda vez.
Desde el retrovisor,