Cuando Sofía no aguantara más, vendría a buscarlo por su propia cuenta.
Mientras tanto, ella levantó ligeramente el dobladillo de su vestido para caminar con más soltura. Apenas había avanzado unos pasos cuando una voz chillona y condescendiente se dejó oír a su lado:
—¡Vaya, si no es Sofía! ¿Segura que no se equivocó de lugar?
—Claro que no. A saber qué clase de artimaña utilizó para venir con el señor Rivera. Y mira, ni bien llegaron y él ya la dejó plantada. Ni la voltea a ver.
—Todo mundo s