—Es diferente —protestó ella después de un segundo, de dos, de tres y cuatro. La vacilación escrita en cada detalle de su semblante.
—Dime qué es diferente —le exigió, inclinándose hacia ella sobre la mesa.
Alessa separó sus labios y le echó un vistazo a sus uñas pintadas de carmesí. La gente a su alrededor revoloteó en su propio mundo, pero el ruido se intensificó. Leonardo sabía que la estaba presionando, pero los consejos de Reynolds jamás se olvidaron.
—Esto —simplificó ella, como si nunca h