—Siéntate, debes estar hambrienta.
—Sabes que no puedo comer eso. —le gruñí al tomar asiento en la mesa de la cocina, deslizando mis manos por mi cara mientras la caminata nocturna finalmente me alcanzaba. Sabía que debía dormir, pero también sabía que me quitaría la cabeza en cuanto se enterara que había pasado mucho tiempo de haber regresado antes de ir a verlo.
—Te prepararé un café y unas tostadas.
—Gracias. —le sonreí tristemente. Muchas veces, Alma y yo no necesitábamos usar palabras para