—¡Ese chico ha causado un verdadero desastre! —gruñó Papá mientras se acercaba a mí. Me rodeó la cintura con un brazo y casi me levantó en el aire.
—¿Qué estás haciendo? —Carla lo miró en shock.
—Nos vamos, ahora. —resopló papá, levantándome.
—No... no puedo.
—No voy a dejar que ese imbécil me diga qué puedo y qué no puedo hacer con mi propia hija. —papá me elevó con fuerza y me llevó hacia la puerta de la oficina, manteniéndome a su lado.
—Papá, ¿qué estás haciendo? No puedo simplemente irme. —