Mis ojos se desviaron hacia Javier, quien sacudía la cabeza, mientras Lucas permanecía tan rígido como yo, sus ojos saltando entre Lobo y el doctor Alberto. Sus manos se aferraban al borde de la mesa.
—Puedo hacerlo sola, gracias por traerlo, doctor. Volveré al trabajo mañana. —Sonreí, mientras Lobo seguía protegiéndome, vergonzosamente, del buen doctor. Sus gruñidos continuaron hasta que el doctor salió por la puerta principal.
—Lobo... a veces das mucha vergüenza. —Me incliné lo más que pude,