La ira centelleaba en los ojos grises de Douglas mientras llamaba a Hermes.
El pobre secretario apenas había apoyado la cabeza sobre la almohada de su cama.
—¿Señor?
—¡Quiero que localices ahora mismo dónde cojones está el celular de mi mujer y su nombre en los vuelos hacia Queensland! ¡Es para ya, Hermes!
Colgó sin siquiera escuchar una respuesta mientras se movía como un depredador hacia las habitaciones de los empleados.
Pateó la puerta del mayordomo como un salvaje, sin importarle si se est