Natasha contemplaba el bosque con profunda admiración. Aquel lugar parecía encantado: flores de todas las formas y colores cubrían el suelo como un tapiz vivo, y el aire estaba impregnado de aromas dulces y antiguos.
—Me gusta este lugar —susurró Natasha.
Aleksi no lo pensó dos veces. La tomó en brazos y comenzó a correr con ella entre los árboles, riendo, mientras las flores parecían responder a su juego, liberando pétalos que danzaban en el aire como si el bosque mismo celebrara su presencia.