Al borde del abismo (3era. Parte)
El mismo día
Málaga
Iván
Estaba aturdido, con la cabeza girando y la piel erizada. Aún no terminaba de procesar la muerte de doña Beatriz cuando Ramiro me acusó de haberla matado. Todo sonaba irreal, grotesco. Cualquier explicación que le daba se estrellaba contra su sordera voluntaria; no quería oírme. Y en el fondo lo supe: su dolor le dio la excusa perfecta para culparme. Su madre, con su muerte, le había entregado el arma ideal para destruirme. Y él no dudó en usarla.
La mansión era un caos