El sol ya comenzaba a asomar por el horizonte, tiñendo el cielo de naranja y rojo, cuando los últimos ecos de la batalla se desvanecieron. Los guerreros de la resistencia, heridos y agotados, comenzaron a levantar los cuerpos caídos y a tratar a los sobrevivientes. Isabella y Alejandro, aún de rodillas sobre el campo de batalla, miraban a su alrededor, asimilando la magnitud de lo sucedido.
La victoria era innegable, pero el precio había sido alto. Aunque Edmond había caído, su ejército no habí