Las puertas del palacio estaban abiertas, pero el silencio que las rodeaba parecía aún más pesado que el caos de la batalla que se desató fuera de sus muros. El palacio, una vez símbolo de poder y opresión, ahora se encontraba vacío y sombrío. No quedaba ni un vestigio de la grandeza que una vez había ostentado. Los opulentos candelabros, ahora apagados, parecían ser solo sombras del pasado. En el aire flotaba un aroma a polvo, a años de desdén y descomposición.
Isabella y Alejandro permanecier