A medida que los días se convertían en semanas y las semanas en meses, el mundo de Isabella y Alejandro continuaba evolucionando. La paz, tan ansiada por ambos, parecía estar a su alcance, pero la tarea de forjarla, de mantenerla, resultaba ser más desafiante de lo que habían anticipado. Había algo en el aire, una sensación persistente de que la calma era solo temporal, que había más pruebas por venir. Y aunque sus corazones seguían siendo el refugio uno del otro, también sentían la presión de