El taxi se detiene frente a la casa de Elif. La fachada elegante es como la recuerdo. Tonos claros, con ventanales altos y una puerta de madera pulida que brilla bajo la luz de la tarde. El aire huele a jazmín y a café recién hecho, y por un momento me quedo mirando el edificio, como si mis pies se negaran a moverse. Siento el pulso en la garganta, el peso invisible de la promesa que me hice en el trayecto: mantener la calma, ser convincente, no dejar que mi voz tiemble.
Respiro hondo, pago al