Todavía no puedo creer que esté aquí.
El edificio de la galería Rivington se alza frente a mí como un bloque de vidrio impecable, reflejando el cielo pálido de la tarde y los pasos apresurados de la gente que pasa sin mirar. Camino hasta la entrada con las manos frías, el corazón dando pequeños saltos desordenados dentro del pecho. En el reflejo del ventanal alcanzo a ver mi propia figura. El cabello recogido en una coleta alta, la chaqueta de lino clara, los vaqueros negros. No estoy arreglada