He estado mirando el reloj cada tres minutos, aunque sé que hacerlo no cambiará nada. El segundero avanza igual, sin prisa ni pausa, mientras el aire en el vestíbulo parece demasiado quieto, demasiado ordenado. El murmullo de los teléfonos, el tecleo constante de las asistentes, el aroma del café recién hecho y del papel nuevo me rodean, pero no me alcanzan del todo. Estoy aquí, sí, sentada con mi bolso sobre las rodillas y los cuadros apoyados en la pared, pero una parte de mí sigue allá atrás