El murmullo del salón queda atrás en cuanto Alexander se levanta y me ofrece la mano para invitarme a caminar. No la tomo —una parte de mí todavía se resistía a mostrarse tan dependiente—, pero me pongo de pie a su lado, con la copa entre los dedos y el mentón erguido. Necesito esa fachada de seguridad, aunque por dentro mi estómago aún es un nudo de rabia y tensión.
Avanzamos entre mesas, con pasos lentos, y puedo sentir de nuevo esas miradas que me siguen, los cuchicheos que todavía no se apa