El murmullo elegante del salón me parece más ensordecedor que un motor de avión. La cena avanza en un ritmo perfectamente coreografiados con platos que llegan y se retiran, copas que tintinean, risas suaves en las mesas vecinas. Yo me esfuerzo por mantener la sonrisa en los labios, esa que ya se me ha vuelto un escudo tan usado que casi parece natural. Pero por dentro, siento cómo me corroe la incomodidad.
Alexander se muestra imperturbable a mi lado, con esa calma medida que sabe exhibir en pú