Todavía sentía el calor del agua en mi piel, como si la ducha hubiera dejado un velo invisible que se niega a evaporarse. La toalla se desliza entre mis hombros y mis brazos con suavidad, y mientras me visto lentamente, no puedo dejar de pensar en lo que acababa de ocurrir. Hay algo extraño en la manera en que mi cuerpo recuerda cada roce, cada instante; no necesito palabras ni reproches, porque lo hecho, hecho está. Y, como siempre que sucede, la verdad es innegable.
Me inclino frente al espej