Diez minutos después estoy terminando de colocar los cubiertos y siento cómo la respiración se me agita, como si hubiera corrido una maratón. Y, en cierto modo, lo he hecho. No una maratón de kilómetros, sino de excusas y de movimientos rápidos, de la prisa con la que había ido a mi habitación para cambiarme antes de que alguno de mis padres notara algo raro.
Todavía puedo sentir el sudor frío en la nuca, recuerdo del instante en que recorrí el pasillo con el corazón desbocado, rezando para que