- ¿Qué... ¿Estás haciendo aquí? - Su cara era de asombro.
- No llevo bragas... - Abro las piernas - Bienvenido, príncipe de los ladrones.
- ¿Estás...? ¿Estás borracho? - preguntó sin moverse.
Me levanté y di unos pasos hacia él:
- No sirvo para cornudo.
- ¿Y tengo que ser cornudo?
- Digamos que... Sí. - Le miré libertinamente, intentando transmitirle una seguridad que estaba lejos de sentir.
Lo bueno era que, aunque estaba destruida por dentro, la gente siempre pensaba que era una roca, fuerte