EL sábado se arrastraba lentamente, el tipo de mañana que parecía no tener fin. Adrian estaba despierto desde el amanecer, pero no hizo ningún movimiento para salir de la cama. En cambio, yacía desparramado cómodamente contra el cabecero, con la cabeza hundida en las almohadas, una mano apoyada perezosamente bajo la nuca y la otra sosteniendo su teléfono. La luz azul iluminaba su rostro mientras se desplazaba por la pantalla, reía y sonreía como un hombre sin ninguna carga en el mundo. El suave