Capítulo 88
LA mano de Adrian, que aún descansaba sobre el pomo de la puerta, se tensó. Sus ojos se entrecerraron, analizando al extraño que ahora estaba sentado con total confianza tras el escritorio que debería haber pertenecido a Amelia.
El hombre se reclinó ligeramente, sereno, casi irritantemente imperturbable.
—Buenos días —dijo, con voz calmada y mesurada.
Adrian entró en el despacho; su alta figura irradiaba dominio y su tono era cortante.
—¿Quién eres tú?
El hombre cerró la tableta que