EL ZUMBIDO del motor del auto se desvaneció en el silencio mientras Adrian entraba en el estacionamiento. La luz del sol matutino bailaba sobre la impecable pintura negra, reflejando el tipo de éxito que no necesitaba chofer ni conductor en el asiento delantero; solo a Adrian, el hombre que prefería tener el control de todo lo que tocaba. Exhaló lentamente, un hábito que nunca había logrado abandonar antes de sumergirse en el mundo laboral.Justo cuando estiraba la mano para tomar su maletín, su teléfono vibró en el asiento del pasajero. La vibración fue aguda, urgente y, sin embargo, cuando sus ojos bajaron a la pantalla, sus labios se curvaron en una sonrisa privada.El de los Autos.Por supuesto, nadie en casa ni en el trabajo sospecharía jamás lo que significaba ese nombre. Para ellos, era solo otro cliente, otro contacto de negocios. Para su esposa, era el mecánico de la empresa. Pero Adrian lo sabía mejor. En el momento en que deslizó el dedo por la pantalla, la voz de ella inun
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