EL teléfono de Adrian zumbó, vibrando contra su muslo mientras su mano se deslizaba rápidamente en su bolsillo. Al sacarlo, miró la pantalla e, inmediatamente, sus labios se curvaron en una amplia e involuntaria sonrisa.
Vivian se dio cuenta, deteniéndose a mitad de un sorbo de vino. Frunció el ceño.
—¿Quién es? —preguntó, con un tono cortante y curioso.
La sonrisa de Adrian solo se ensanchó.
—Es Hazel —dijo en voz baja, con reverencia, como si incluso pronunciar su nombre le trajera una alegrí