EL sol de la tarde se filtraba a través de los altos ventanales, proyectando vetas de luz por toda la sala de estar. Vivian estaba de pie cerca del sofá, con los brazos cruzados y el rostro encendido de ira. Adrian descansaba perezosamente en el sillón, con expresión ilegible y un leve rastro de irritación jugando en sus marcados rasgos.
—¡Esto es una locura, Adrian! —estalló finalmente Vivian—. ¿Te das cuenta de lo que pasó anoche? Esa mujer, tu amante... ¡vino aquí, amenazándome, amenazando a