No había dejado de llorar desde que me desperté, jamás me había sentido tan rechazada, tan humillada, tan insignificante, Juan no dejaba de mirarme cada vez que podía. No había dejado llorar y llorar, aquí se acabó todo, lo noté en su última frase, era tan descarado de ofenderse al verme marchar con Juan.
—¿Puedo saber a dónde te llevo?
Siempre guardaba pañuelos en la guantera, saqué uno para limpiarme la nariz.
—Debo recoger mi pasaporte y luego mis cosas en el apartamento de Raúl. —dije en