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- ¡¡Vas a morir Jacky!!-
Ronald tenía los ojos incendiados en furia, estaba hecho un energúmeno y jadeaba en forma intensa, igual a un rinoceronte acorralado, queriendo embestirme indignado y furioso. Echaba humo de las narices y vi sus manos volviéndose dos enormes martillos con los que amenazaba con aporrearme hasta acabar conmigo. Yo estaba aterrada, petrificada, pasmada y turbada a la vez, sin reacción, mi corazón rebotaba frenético en mi busto y sentía mis tobillos doblándose como alambres, no tenía escape tampoco. ¡¡¡Ronald me iba a matar!!! Desperté angustiada y lo único que pude hacer fue gritar con todas mis fuerzas, aterrada y sumida en el pánico. Sudaba a borbotones y mi corazón no dejaba de bombear de prisa, alocado y desenfrenado. Un frío horrible congelaba mi sangre y de repente me puse a llorar con todas mis fuerzas, sabiendo que mi vida estaba en eterno peligro. La pesadilla se repitió muchas noches seguidas. Mi relación con Ronald había sido tumultuosa, difícil, áspera y en eterno peligro por el carácter explosivo, irascible y violento de ese hombre, pero lo que yo no sabía no podía saberlo entonces es que ese iba a hacer una impronta indeleble en mi azorada existencia. Me casé diez veces, tuve diez maridos en mi afán de buscar la felicidad, hallar al amor de mi vida, empero siempre estaba la furia de Ronald presente en mi mente, en mis pensamientos, en mis sueños y pesadillas. Él aparecía en forma sempiterna con esa mirada macaba, la risa horripilante y tétrica, el rostro adusto, ajado y pintado de ira que me hacía temer en la vida, el amor y en mí misma. ¿Acaso enamorarse es tan peligroso?, me preguntaba viendo el silencio de la mañana, recién despertando en la ciudad, ensimismada de ese celeste límpido del cielo y las nubes de algodón adornando el infinito. No lo sé, sim embargo no solo fue Ronald quien me provocó un trauma y un permanente miedo, también Holiday o Hubert. Mi vida se tornó entonces un un vaivén de peligros, al borde del abismo, arriesgando mi propia existencia. -Amar es saber elegir-, me decía siempre mi amiga Helen. Ella tenía razón. Yo elegí mal, me dejé llevar por emociones difusas, por sentimientos encontrados , por mi sensibilidad a flor de piel y porque siempre ansié encontrar un cariño genuino y auténtico para compartir mi existencia.*****
Una vez, en una feria que había llegado a la ciudad, me dio curiosidad una adivina que atendía al público en una covacha elegante, adornada de flores y collares. Ella sostenía un naipe de cartas en las mano y me miraba sonriente y divertida.
-¿Quiere saber su futuro, preciosa?-, me preguntó riéndose de mi curiosidad. En realidad yo no quería saber sobre lo que me esperaba en la vida, simplemente deseaba saber si podría encontrar el amor. Esa era mi obstinación. Yo era muy romántica, me encantaban las baladas y los poemas, soñaba con galanes del cine y del jet y ansiaba vivir muy feliz en una casa grande con jardín y cochera. -¿Qué me espera en el amor?-, le pregunté abanicando mis ojitos, sonriéndole también coqueta. La mujer me miró sin dejar esa extraña risa que parecía dibujada en sus labios. Ni siquiera barajó el naipe ni vio mis manos ni invocó a nadie o apeló a una bola de cristal -Conocerás muchos hombres pero jamás encontrarás el amor, sin embargo serás feliz-, fue exactamente lo que me dijo ella. ¿Uh? quedé desconcertada. -¿Cómo sabe?-, le pregunté pero ella no me contestó. .-Tendrás que creer en ti, preciosa, el destino está en lo que hagas-, me respondió. Dejé la feria aquella sumida en muchas dudas, dubitativa, trastabillando y ahora envuelta en la incertidumbre de lo que me esperaba. Pero esa mujer no se equivocó.*****
-¿Acaso no eres feliz, Jacqueline?-, me preguntó Ralph después que hicimos el amor en forma intensa. Él había conquistado por centésima vez mis curvas, mis sinuosas carreteras, mis acantilados tan eróticos y sensuales y me había llevado al delirio con sus besos y caricias. Yo aún estaba sofocada, incendiada en llamas, encharcada en sudor, abanicando entusiasmada mis ojos, jadeando y suspirando por tan maravillosa faena, metida entre sus brazos después de haber sido suya.
Yo permanecía prendada aún, eclipsada y obnubilada de aquella excitante velada ardiendo en candela con los besos y caricias de mi amante. De Ralph me encantaba su vehemencia, su ímpetu y sus afanes desmedidos por poseerme. Él era insaciable en realidad y no se conformaba con dejar huella en mi piel lozana sino conquistar hasta el último rincón de mi adorable naturaleza. Ralph quería ser el único dueño, incluso de mi alma y de mis pensamientos, y convertirse en una impronta indeleble y eterno en mis pensamientos., Yo era la que no estaba segura de mis sentimientos por él, y pensaba si todo, al final, era un capricho o un devaneo más de mi azarosa existencia. -¿Qué es la felicidad?-, intenté recuperar el aliento en tanto trataba de desacelerar mi corazón hecho un potro salvaje rebotando en las paredes de mi busto. -Felicidad es amar, tener un hogar, compartir la dicha con otra persona-, me aclaró Ralph. Él también tenía el rostro sudado y echaba humo de las narices. Sus entrañas, igualmente, estaban calcinadas de tanta pasión porque finalmente los dos nos habíamos entregado plenamente en la emoción de las carnes desnudas, igual si fuéramos lobos hambrientos. Quedé en silencio, pensativa con lo que me dijo él. Yo me sentía feliz con Ralph, empero había sufrido tantas decepciones, dolores intensos, desencantos y al final no conocía realmente lo que era la felicidad. Pensaba, además, que eclipsarme y obnubilarme en los brazos de Ralph era suficiente y que había encontrado la dicha en sus besos y caricias. -Entonces soy feliz contigo-, estiré una risita larga, coqueta y pícara. -Es que tú no lo entiendes, Jacqueline, no se trata de sobrevivir sino de vivir intensamente, lo que tú haces únicamente es tratar de estar a flote, no naufragar. Debes aprender a amar, compartir y querer-, me dijo él, besando acaramelado mis labios. ¿Entonces fui náufraga en la búsqueda de la felicidad, en querer encontrar un hombre diferente que me quiera tal como soy, que no se aproveche de mí, que me respete y poder compartir una vida, juntos? Él me había quitado la venda de los ojos. Ralph, al final, también fue una decepción para mí. No fue lo que yo esperaba en un hombre, sin embargo, me dejó esa pregunta campaneando en mi cabeza rebotando en mis sesos como trenos y relámpagos machacándome en remordimientos y en dudas. Él tenía razón, en todo caso, de que yo no sabía realmente lo que quería. Descubrí entonces que mi vida era una vorágine de de emociones no provocadas, sentimientos dispersos, pasiones soterradas que me eran difíciles desenterrar y dudas y cavilaciones que finalmente me condujeron a lo que realmente era yo: una mujer que no sabía lo que quería. ¡¡¡Tuve diez maridos!!!






