—No tenemos que quedarnos debajo de un puente, esposo. —el hombre abrió ampliamente sus ojos para verle la cara sonrojada de su ahora mujer.
Si, por que así lo era, ella era su esposa ante la ley, y que bien se sentía pensar en ello, sin querer mostró una sonrisa pintoresca, mientras insinuaba a averiguarlo mas.
—¿Si? —
—Si, te llevaré a la vieja casona de mi abuela, ahí tengo mi propia habitación. —se mofó Gabriela.
Ji solo sonrió sutilmente, pues su corazón se había llenado de tanta alegría, u