El coche se detuvo frente a una mansión imponente, digna del hombre más poderoso del país.
Alexander me tomó nuevamente en sus brazos. Antes de avanzar, se detuvo un instante para mirarme; había un brillo extraño en sus ojos, pero yo estaba demasiado aturdida para comprenderlo.
—Mi niño… perdóname… perdóname por no haberte protegido… —lloraba entre balbuceos, perdida en mi estado de inconsciencia.
—Tranquila, todo va a estar bien —murmuró Alexander, acariciando suavemente mi espalda.
Los guardi