Alexander se detuvo en el marco de la puerta, respirando como si acabara de salir de una batalla. Aurora estaba de espaldas, doblando ropa con movimientos lentos, tensos, casi mecánicos. Cuando escuchó su voz, se quedó quieta, como si el aire se congelara alrededor de ella.
—Aurora… —dijo él, con la voz grave, sincera—. Tenemos que hablar.
Ella cerró el cajón lentamente antes de girarse. Sus ojos estaban cansados, pero sobre todo… dolidos. Ese dolor fue como un golpe en el pecho para Alexander