El silencio que siguió a la pregunta de Julia estaba cargado de tensión. Max, con los ojos rojos por el llanto y la nariz congestionada, se quedó paralizado frente a ella. Reconocía esa voz. Reconocía ese rostro que, aunque no veía tan seguido, representaba un vínculo de sangre que su pequeño corazón identificaba como seguro.
—¡Tía Julia! —exclamó Max, lanzándose hacia ella con un sollozo desgarrador.
Julia dejó caer el paño que sostenía y envolvió al niño en un abrazo protector, sintiendo có