La mañana en la mansión King comenzó con una falsa sensación de seguridad. El sol se filtraba por los grandes ventanales del despacho, iluminando las motas de polvo que flotaban sobre la mesa de roble. Alexander, con la camisa remangada y el rostro marcado por el insomnio, revisaba junto a Robert Vance los restos del dron que aún permanecían sobre una bandeja de plata, como una prueba forense de la locura de Victoria.
—Esto es oro puro para nosotros, Alexander —afirmó Robert, señalando la nota