Alexander entró a la habitación conmigo en brazos. Su respiración era pesada, y sentía su corazón golpeando contra mi pecho. Me resistí, forcejeé, pero él no me soltó hasta dejarme de pie junto a la cama.
—Estás bien… ¿te lastimé? —pregunté al ver el corte del brazo manchando su camisa y la mueca de dolor en su rostro.
Alexander hizo una mueca y fingió indiferencia, pero había conseguido lo que pretendía desde el principio, llamar mi atención.
—No es nada —dijo en voz baja—. Lo que más me duel