El asfalto bajo mis rodillas se sentía como hielo, pero el frío no era nada comparado con el vacío gélido que se había instalado en mi pecho. Mis manos, manchadas por el polvo de la carretera, se aferraban a los papeles que Alexander sostenía con una fuerza desesperada. Cada palabra en esos informes médicos era un puñal; cada firma de la ginecóloga sobornada era un recordatorio de que mi vida había sido un teatro orquestado por la crueldad de Karoline.
—¡ Esa maldita me lo arrebató todo, primer