El sol de la tarde caía suave sobre el parque, la brisa movía apenas las hojas de los árboles. Victoria permanecía dentro del auto negro, con las ventanas ligeramente polarizadas, los ojos fijos en la escena a unos cincuenta metros. Sus dedos tamborileaban impacientes sobre el volante.
Desde el asiento del copiloto, Amanda la miró de reojo.
—Ahí viene la estúpida esa —susurró Victoria con desprecio—. Lleva al niño al parque todos los días a la misma hora. Es tan predecible que da pena.
Amanda a