Mundo ficciónIniciar sesiónRay
Debía hablar con alguien. Necesitaba contar esta maraña de sensaciones que me enredaban por dentro, escuchar un consejo, o al menos sentir que alguien podía entenderme. Así que tomé el teléfono y busqué el contacto de Alex. Ella siempre estaba ahí, como yo para ella; fuimos, desde siempre, el apoyo mutuo cuando la vida decidía ponernos a prueba. Alex se había ido del país hacía años, pero jamás dejamos que la distancia nos separara. No lo hicimos antes, cuando ni siquiera existían los celulares; mucho menos ahora. Le envié un mensaje corto: > “¿Podés hablar ahora?” Nuestros horarios son diferentes —varias horas de diferencia, además de su trabajo—, pero igual esperé. No pasaron ni dos minutos antes de que el tono asignado a su chat sonara. > “Hola Ray, ¿qué pasa? ¿Por qué la urgencia? ¿Estás bien?” Sonreí un segundo ante su preocupación y, de inmediato, me sentí culpable por haberla inquietado. Escribí rápido: > “No te preocupes, no es nada grave. Solo necesito hablarte.” Alivianada, vi que enseguida me respondió, ya más tranquila, preguntando qué me ocurría. El “hablar ahora” había sonado más alarmante de lo que pretendía. Decidí enviarle un audio; sería más rápido, y mis palabras no se trabarían tanto como mis manos temblorosas. > “Alex… él volvió. Y se acercó a mí…” No tuve que decir más. Ella sabía perfectamente de quién hablaba. Sabía lo mucho que había llorado por él, lo que dolía su ausencia, las veces que fue mi pañuelo, mi espejo, mi sostén. Sabía también que jamás amé a nadie como a él. Le conté todo: la forma en que se acercó, el café, su propuesta, la conversación con mi esposo y los mensajes de esa mañana. Entonces decidió llamarme; entendió que necesitaba oír su voz. Apenas pude hablar al principio, la garganta se me cerraba intentando contener el llanto. —¿Qué hago, Alex? —pregunté con la voz hecha un hilo. —Por ahora, aceptá el trabajo —respondió segura—. Tu esposo tiene que entender que no sos un adorno más de la casa. No podés quedarte encerrada para siempre. —Sí… pero no sé. Tengo miedo. —¿Miedo a qué? ¿A ser buena en lo que te gusta? ¿O a aceptar solo porque él te lo pidió? No seas tonta, Ray. No serías la primera mujer que trabaja y aun así atiende a su familia. Hacelo por vos. Solo por vos. Lo que pase después será decisión tuya. —¿Y si él quiere algo más? —pregunté casi sin voz—. Nunca pensé algo así… no con él. —Entonces será tu decisión también. Nadie más puede decidir por vos. Charlamos un rato más, hasta que la dejé seguir con sus cosas. No quería robarle tiempo, no podía ser tan egoísta. Pero tenía razón. No sería la primera mujer en volver a trabajar, ni la última. Y con respecto a Nando… eso dependería solo de mí. Cada vez que pronunciaba su nombre, los recuerdos florecían como semillas dormidas en tierras lejanas: ocultas, pero no olvidadas. Sus ojos seguían siendo los mismos —vibrantes, llenos de luz y ternura—, su sonrisa iluminaba mis rincones más oscuros, y sus labios seguían rozando los míos… aunque solo fuera en mi memoria. A veces, en ese recuerdo, todavía podía sentir la arena bajo mis pies. Cerré los ojos y lo vi otra vez, tan cerca que casi podía rozarlo. Tal vez el destino no olvida lo que nosotros intentamos enterrar. Los recuerdos dolían, pero al mismo tiempo me hacían sentir viva. Y en el fondo, sabía que esta vez no iba a huir. La arena seguía allí, tibia bajo mis pies, como si esperara mi regreso. Quizás había llegado el momento de volver a ese lugar… y a todo lo que dejé en él.






