Nando
Esa noche el sueño fue un espejismo. Cerraba los ojos y, aun así, la veía: el brillo en sus ojos cuando hablaba, la forma en que sostenía la taza con ambas manos, la risa contenida que dejaba escapar casi en secreto. Todo de Ray se me había quedado en la piel, como si la mañana en la cafetería hubiera dejado una huella invisible, pero persistente.
Di vueltas en la cama sin encontrar descanso. Cada pensamiento terminaba en ella. Me reprochaba no haber dicho más, no haberle contado lo