Mundo ficciónIniciar sesiónNando
Esa noche el sueño fue un espejismo. Cerraba los ojos y, aun así, la veía: el brillo en sus ojos cuando hablaba, la forma en que sostenía la taza con ambas manos, la risa contenida que dejaba escapar casi en secreto. Todo de Ray se me había quedado en la piel, como si la mañana en la cafetería hubiera dejado una huella invisible, pero persistente. Di vueltas en la cama sin encontrar descanso. Cada pensamiento terminaba en ella. Me reprochaba no haber dicho más, no haberle contado lo mucho que me alegraba verla, lo que realmente había significado ese reencuentro después de tantos años. Pero también sabía que era mejor así; hay palabras que, si se pronuncian demasiado pronto, pueden quebrar lo que apenas empieza a florecer. Me levanté. La casa dormía, y el silencio se sentía más denso que nunca. En la mesa del comedor quedaban hojas sueltas del nuevo guion que debía revisar, pero las letras se confundían con su voz. Era inútil concentrarme. Ella estaba en todas partes: en la memoria, en el aire, en el temblor leve de mis manos. Cuando la luz del amanecer comenzó a filtrarse por la ventana, supe que la noche había sido suya. Preparé café, lo bebí despacio y tomé el teléfono. Dudé unos segundos antes de abrir el chat. Escribí: “Aún me dura el aroma a café… o tal vez eras vos.” Lo leí varias veces. Sonreí. Y antes de que el impulso me ganara, lo borré todo. En su lugar, escribí simplemente: “Buen día, Ray.” Presioné enviar y apoyé el teléfono boca abajo sobre la mesa. A veces, lo más simple puede ser también lo más sincero. ------ Ray La mañana se arrastraba lenta, con ese aire espeso que deja una noche sin descanso. Preparé el desayuno sin pensar demasiado, moviéndome en automático, como si mis manos supieran lo que hacer aunque mi mente siguiera lejos. Pedro hablaba, reía, y yo sonreía a medias, apenas lo suficiente para no preocuparlo. Luego de dejarlo en la escuela, la casa quedó en silencio. Me senté en la mesa con mi taza de café, todavía tibia, mirando el humo subir y desaparecer. Pensé en lo absurdo que había sido todo, en la charla de anoche con mi esposo, en sus palabras, en la manera en que la mirada de Nando parecía quedarse pegada a mí. Entonces vibró el teléfono. “Buen día, Ray.” Dos palabras. Nada más. Pero fue suficiente. El corazón me dio un salto y una tibieza inesperada me recorrió el cuerpo, como si el sol se hubiera colado por las rendijas de la persiana solo para tocarme a mí. Lo leí una vez. Y otra. Y otra más. Me debatí entre contestar de inmediato o dejar pasar un tiempo. No puedo parecer ansiosa… pensé. Pero tampoco quiero parecer distante. Escribí: “Buen día, Nando”. Y lo borré. Volví a escribir: “¡Hola! Qué gusto tu mensaje esta mañana”. Y lo borré de nuevo. Las palabras se me escapaban, como si mi cerebro y mi corazón estuvieran peleando entre sí. Cada intento me hacía sonreír y luego fruncir el ceño. ¿Qué digo ahora? ¿Demasiado cordial? ¿Muy informal? Me levanté, caminé un par de pasos, respiré hondo y regresé a la mesa. El teléfono brillaba sobre la madera, silencioso, paciente. Finalmente escribí, con manos temblorosas pero decididas: “Buen día 😊 Me alegra mucho tu mensaje. Espero que tu mañana vaya bien”. Envié. Apoyé la cabeza sobre la mesa y contuve la respiración. El teléfono quedó a mi lado, en espera. Cada segundo parecía estirarse, y yo sentía una mezcla de emoción, ansiedad y un dejo de nostalgia. No había risas ni coqueteos, solo palabras simples y cercanas, pero en cada letra se colaba algo que ningún otro mensaje podría reemplazar: la certeza de que, después de tanto tiempo, aún podía sentirlo cerca, aunque fuera a través de la pantalla.






