** SANTIAGO**
El tictac del reloj en la pared marcaba el tiempo con una insistencia cruel. No sabía cuántas horas habían pasado desde que me había sentado en esta silla, pero cada segundo que transcurría era un recordatorio de todo lo que se había roto entre nosotros. La luz mortecina de la madrugada se filtraba por las cortinas, tiñendo la habitación con una penumbra tenue que dibujaba sombras inciertas sobre su piel.
Andrea dormía, ajena a mi mirada persistente, y aun así, la sensación de dis