Los murmullos crecen como una tormenta inesperada, avanzan entre los pasillos como una ola incontenible. Los estudiantes no disimulan; algunos cuchichean tapándose la boca, otros miran de reojo con asombro y unos pocos, los más descarados, graban con sus móviles como si asistieran a una escena de teatro improvisado.
Siento el brazo de Santiago sujetándome con firmeza por la cintura, como si me perteneciera, como si siempre hubiera estado allí. Aún puedo sentir el calor de la palma de Leonardo e