—Sí, Santiago —. Ya lo recuerdo todo.
La tensión se arremolina en el jardín como una neblina densa que lo envuelve todo, como esa niebla espesa que solía mirar por la ventana en las madrugadas frías, cuando todavía no entendía por qué mi pecho dolía tanto al despertar.
Él no dice nada al principio. Solo me observa, y en su rostro se dibuja una mezcla de emociones que no había visto antes. Es como si mis palabras hubieran abierto una grieta en su interior. Como si, por un instante, todo lo que h